Concatedral de Soria
DATOS DE INTERÉS
- Ubicación GPS: 41.7660931, -2.4597207
Hacia finales del siglo VIII se construyó una pequeña iglesia, de la que subsiste aún un vano que recuerda a los huecos triples asturianos, un arco de ventana mutilado que pudo ser de herradura, y hundida en el suelo lo que parece una portada de medio punto con los apoyos enterrados, por lo que sería de factura prerrománica o mozárabe.
Con la repoblación de Soria y el valle del Duero, mediado el siglo XII, don Juan, obispo de Osma, donó la iglesia a los canónigos de la Regla de San Agustín, que decidieron derribar la iglesia primitiva y erigir una nueva. Contando con numerosos donativos y privilegios, y el favor de los monarcas castellanos, se convirtió en colegiata.
La colegiata románica se construyó con similares proporciones a las desaparecidas iglesias monásticas de Sahagún y Silos, siendo la iglesia mayor de Soria. De la que subsisten algunos vestigios integrados en la actual iglesia como el magnífico claustro.
En el siglo XIII, el rey Alfonso VIII solicitó al Papa Clemente IV la categoría de ciudad para Soria y el paso de la colegiata a catedral, siendo concedido por bula pontifical. El cabildo catedralicio de Osma protestó, y todas las peticiones fueron denegadas por los monarcas posteriores al no atreverse a hacer cambios drásticos que provocaran conflictos eclesiásticos.
En 1520, la iglesia se hundió. Tras el derrumbe el obispo don Pedro Acosta se reunió con la nobleza de la ciudad y el cabildo, y les ofreció trasladar la colegiata al centro de la ciudad, y finalmente se llevó a cabo la reconstrucción del edificio en el mismo lugar donde se encontraba.
Comenzaron las obras de reedificación, por los maestros Juan Martínez Mutio y San Juan de Obieto, siguiendo el modelo de la colegiata de Berlanga de Duero, y las terminaron hacia 1575 los hermanos Pérez de Villavid. La iglesia renacentista se construyó ocasionando el derribo del ala meridional del claustro románico. El interior está formado por cinco naves con bóvedas de crucería estrelladas, soportadas por columnas dóricas de sección circular; con cabecera poligonal, y capillas entre contrafuertes en naves laterales. Éstas tienen la misma altura que la mayor, lo que conforma un edificio conocido como "iglesia salón", frecuente en la primera mitad del siglo XVI en Castilla.
A finales de siglo XVI, con la construcción del campanario sobre la torre, se finalizó la colegiata nueva.
Entre las portadas de la concatedral, destacan: La meridional o de San Pedro, plateresca, realizada hacia 1520. La portada de poniente, entrada principal de la de la primitiva colegiata románica, se convierte en renacentista a mediados del siglo XVI. Y la espléndida portada románica de la sala capitular, formada por óculos calados lobulados y arquillos de herradura, de evocación mozárabe, apoyados en dobles columnas, con capiteles de centauros, dragones, grifos y motivos vegetales de evocación silense.
Como admirable ejemplo de estilo románico en Castilla, el claustro se inició por el lado de poniente a mediados del siglo XII, y se continuó por los lados norte y este. Acabándose en los primeros años del siglo XIII.
En sus galerías destaca todo un repertorio de basas de garras y capiteles decorados con motivos vegetales como hojas de acanto estriadas, palmetas y roleos; bestiarios formados por sirenas, grifos, leones, centauros y aves exóticas; y motivos historiados como la Anunciación y la Adoración de los Magos, San Pedro y San Pablo, San Jorge, San José, la Anunciación, los Reyes Magos, relieves relativos a la lujuria de mujeres desnudas, la cacería de un ciervo, y la psicóstasis (peso de las almas), un rey y una reina, y un monje recibiendo las ofrendas de los fieles.
La concatedral contiene en su interior obras artísticas de gran valor como el retablo mayor, del siglo XVI, dedicado a la vida y predicación de San Pedro Apóstol, del maestro Francisco del Río. El retablo de San Nicolás, plateresco, de mediados del siglo XVI, con influencias de la Escuela de Valladolid, y de Felipe Vigarny. Y el retablo de San Miguel, del siglo XVIII, dedicado a los arcángeles. Un magnífico tríptico flamenco, fechado en 1559, procedente de San Nicolás, una tabla castellana del siglo XVI de la Presentación del Niño Jesús. Un Cristo Románico, y un lienzo con la escena del Santo Sepulcro, obra de Tiziano, sobre el altar del trascoro.
Además se custodia el Lignum Crucis proveniente de la parroquia de la Santa Cruz. La reliquia regresó a Soria en 1522, cuando el Papa Adriano VI la requirió para venerarla devolviéndola al año siguiente.
El 9 de marzo de 1959, tras años de peticiones, el Papa Juan XXIII, por Bula Quandoquidem Animorum, otorgó el título de concatedral a la colegiata de San Pedro, compartiendo desde ese momento la sede catedralicia con el Burgo de Osma.
ERMITA DE SAN BAUDELIO.
En el siglo IV, Baudelio, un monje galo, humilde y celoso en predicar el evangelio, intentando acabar con el culto pagano, fue martirizado en Nimes. Al poco de su muerte, según cuenta la tradición, de las heridas de su cuerpo empezó a manar sangre y leche, que curaba a los enfermos que se acercaban.
Se sucedieron numerosos milagros, y con el tiempo los huesos del mártir se desperdigaron, llegando algunos a la Hispania visigoda, hacia el siglo VI. Tal vez a una pequeña gruta de la tierra soriana de Berlanga. Gruta a la que se añadiría, en el siglo XI una ermita mozárabe.
La leyenda cuenta que en el siglo X, dos jóvenes: cristiano el uno y musulmán el otro, tuvieron durante un sueño una revelación, y su misión sería viajar a tierras lejanas, para custodiar el Santo Grial y la Fuente del Paraíso. Llegaron hasta unas tierras fronterizas del interior de Hispania, y encontraron refugio en la cueva de un eremita que seguía las enseñanzas del mártir Baudelio. El eremita contó a los jóvenes como el viaje era el motivo de su revelación para construir un templo, y albergar en él un mestizaje estético y espiritual, cristiano e islámico, un templo de unidad y convivencia de todas las almas de buena voluntad.
En aquel tiempo había un fuerte influjo mozárabe en la península, debido a la islamización de la arquitectura de los cristianos huidos del territorio árabe. Y la pervivencia en estos de la tradición visigoda, generó un arte de repoblación con predominio de un sentido paleocristiano y oriental bizantino, que se extiende por el norte peninsular; donde se crean tipologías muy originales alejadas de las formas tradicionales.
En San Baudelio se mantiene un gran influjo musulmán, dos bloques con planta cuadrada y exterior sencillo cúbico, forman nave y ábside del templo.
Una vez atravesada la puerta se contempla el Edén, concebido como un gran árbol de piedra, una palmera de vivos colores, símbolo del paraíso, el oasis, la sombra, el frescor, la escala hacia lo alto después del largo camino de la vida. El jardín de las delicias, paraíso místico y oriental.
Sobre la palmera, una especie de linterna o mirhab, parece el lugar de la ascensión suprema e inalcanzable, del silencio, del vacío, de la iluminación; la morada de Cristo.
A los pies del templo un conjunto de arquerías, recuerdan a la sala de oración de una mezquitilla; sobre la que se levanta una tribuna, que pudo servir de coro alto, o de alojamiento a los monjes del monasterio mozárabe.
Sobre las tinieblas de la gruta, la ermita estaba alegre y viva, coloreada. A comienzos del siglo XX, ante la ignorancia e indiferencia de los habitantes del lugar, se arrancaron gran parte de las pinturas del interior, para decorar museos de Estados Unidos. Milagrosamente la base y sombra de las pinturas arrancadas quedó in situ y hoy se pueden observar sus restos, ejemplos excepcionales de tradición mozárabe y de carácter románico, de los siglos XI y XII. Manteniendo alguna relación con otros repertorios iconográficos conservados, en la iglesia de San Miguel en Gormaz, de la ermita de Maderuelo, en tierras de Segovia; y de los monasterios de Tahull, en Cataluña.
A través de la subordinación de la pintura a la fábrica del templo destaca la creación de un ideal de abstracción, de gran poder expresivo. No hay casi fondos, no hay perspectiva. Se tiende a una estilización de carácter simbólico. Las figuras bidimensionales se sitúan entre franjas paralelas, de colores planos. Se imita al acervo cultural bizantino en los temas, los colores, el dibujo. La función es adoctrinar a los fieles a través de la pintura, y ofrecer una representación cristiana intelectualizada.
Las pinturas más antiguas, mozárabes, se situaban en la zona baja de los muros. Eran la representación del paisaje del paraíso, bajo la palmera.
Escenas cinegéticas: La caza del ciervo, imagen que preservaba del mal, representación de las almas; el cazador de liebres con lebreles, que reflejan la fragilidad del alma; un halconero, el triunfo de la fe frente al mal. Visiones terrenales que tienen un modelo muy antiguo, de tradición mesopotámica y romana. Un guerrero que parece islámico, o cristiano de frontera, parece el protector, el guardián del paraíso pintado.
Águilas y leones en medallones, son símbolos de las realidades eternas, de la resurrección y la fuerza; toros, reflejo del instinto o apetito terreno; un dromedario, imagen de la humildad y del alma que medita; un oso, símbolo de la mansedumbre; y elefantes, símbolos de la fortaleza, castidad e inocencia, recreaban tanto la expresión simbólica de la vida y vida paradisíaca, como reflejaban el Arca de Noé los beatos de la época.
Las pinturas románicas, situadas en la nave, narraban lo teológico y espiritual:
En los muros episodios de la vida pública, Pasión y Muerte de Cristo: Las tres Marías ante el Sepulcro, anuncio de la Resurrección; Las Bodas de Caná, la curación del ciego y la resurrección de Lázaro, milagros de Cristo. Las tentaciones de Jesús, La entrada triunfal de Cristo en Jerusalén y La Santa Cena.
En las bóvedas ocho episodios de la infancia de Jesús: La Anunciación y Visitación, La Natividad, la Anunciación a los pastores, la llegada de los Reyes Magos, el viaje de los Reyes Magos, la matanza de los inocentes, la presentación de Jesús en el templo, y la Huída a Egipto.
En los muros del ábside el Cordero Místico, la Paloma del Espíritu Santo, un ibis o pelícano (símbolo de la eucaristía), entre San Nicolás, San Baudelio, Cristo y María Magdalena, protegen el santuario.
En el pequeño ábside de la tribuna, una representación de la adoración de los Magos, parece más tardía.
Las ramas de la palmera aparecen decoradas con formas geométricas, ajedrezados, cenefas y arquitecturas fingidas (un cagón atlante); motivos florales y temas faunísticos, recreando modelos iconográficos de bestiarios, utillaje cotidiano y suntuario, y patrones clásicos, fundiéndose en una estética mestiza intercultural.
Texto por Las Edades.es

